A trece años de haberse retirado, David Beckham ganó 100 millones de dólares el año pasado. No jugando al fútbol, claro. Prestando su imagen a Adidas y a Nespresso, produciendo documentales para Netflix, moviendo negocios inmobiliarios en Florida y, sobre todo, construyendo algo que pocos deportistas lograron armar con esta escala: un ecosistema de marcas propio.
Hoy esa fortuna se estima en más de 1.000 millones de dólares. Y la pieza que más está creciendo de todo ese imperio no es un contrato de sponsoreo tradicional, es una empresa que fundó él mismo.
El hecho que dispara esta nota
Hace apenas unos días, Inter Miami confirmó que se convirtió en accionista de Prenetics, la compañía que controla IM8, la marca de suplementos de salud y longevidad que Beckham cofundó en 2024. Es un movimiento poco común en el deporte: un club invirtiendo en la propia marca personal de su dueño.
IM8 no es un proyecto chico. Superó los 100 millones de dólares de ingresos anuales recurrentes en apenas once meses desde su lanzamiento, ya vendió más de 24 millones de porciones de producto a más de 800 mil clientes en más de 40 países, y proyecta cerrar 2026 entre 180 y 200 millones de dólares de facturación.
El acuerdo convierte a IM8 en el proveedor oficial de suplementos del club y suma otra capa a algo que Inter Miami viene construyendo desde hace tiempo: dejar de ser solo una franquicia deportiva para transformarse en una plataforma de negocios alrededor de estilo de vida, entretenimiento y consumo.
De jugador a arquitecto de marca
Beckham compró la opción de expansión de Inter Miami en 2020 por 25 millones de dólares, un derecho que había negociado como parte de su contrato con LA Galaxy años antes. Hoy Forbes valúa al club en 600 millones de dólares.
En el medio, Beckham hizo algo que pocos ex futbolistas hicieron con esta disciplina: no se limitó a cobrar por prestar su cara. Construyó, participó y en muchos casos fue dueño real de cada proyecto. IM8 en salud. Beeup en snacks para chicos. Negocios inmobiliarios en Florida. Y el propio Inter Miami como plataforma central de todo ese ecosistema.
Según contó él mismo en la Cumbre Iconoclasta de Forbes este año, construir Inter Miami fue el mayor desafío de su carrera, tanto a nivel personal como profesional, después de que el club acumulara una deuda de 39 millones de dólares tras tres proyectos de estadio fallidos. La MLS llegó a ofrecerle recomprar la franquicia por 50 millones. Beckham decidió sostenerla.
El otro lado de la misma foto
Y en esa misma cancha juega Messi, en un Miami que va a recibir siete partidos del Mundial 2026 en el Hard Rock Stadium. Su llegada al club en gran parte fue una jugada armada por el propio Beckham, que buscó repetir con Messi lo que Pelé había hecho por el New York Cosmos en los años 70: un ícono global aterrizando en Estados Unidos para empujar al fútbol local a otro nivel.
Son dos formas distintas de convertir una carrera deportiva en marca. Beckham como arquitecto de negocios puertas afuera de la cancha. Messi como el activo que más valor le agrega puertas adentro, con su propia marca de tequila y una cadena de hoteles funcionando en paralelo a su carrera como jugador.
Por qué esto no es solo una nota de deportes
Lo interesante de esta historia, más allá de las cifras que asombran, es la lógica de fondo. Beckham no vendió una imagen prolija durante veinte años esperando que alguien más le pagara por usarla. Construyó activos propios, en categorías distintas, todos conectados por la misma marca personal.
Es exactamente la misma lógica que le proponemos a cualquier profesional o empresa que arranca a pensar su reputación de forma seria: la marca no es un logo ni una foto de perfil prolija, es un activo que se construye con coherencia a través del tiempo y de distintos frentes, y que después se puede capitalizar de formas que ni siquiera imaginabas al principio.
Lo que otros deportistas están copiando del modelo
Este patrón dejó de ser una excepción. Cada vez más figuras del deporte están replicando la misma arquitectura: participación en la propiedad de clubes, marcas propias de consumo, contenido audiovisual propio en plataformas de streaming, e inversión inmobiliaria en las ciudades donde construyeron su carrera.
La diferencia entre el deportista que factura bien mientras juega y el que termina con un imperio después de retirarse casi nunca es el talento arriba de la cancha. Es haber empezado a construir activos propios mientras todavía tenía la atención del público a su favor.
Los números, uno al lado del otro
Para que quede claro el salto de escala del que hablamos:
- Beckham compró la opción de expansión de Inter Miami por 25 millones de dólares en 2020. Hoy el club vale 600 millones.
- IM8 pasó de cero a más de 100 millones de dólares de ingresos anuales en once meses.
- Beckham facturó 100 millones de dólares el año pasado solo entre contratos de imagen y negocios propios.
- La fortuna total estimada supera los 1.000 millones de dólares, a trece años de haber colgado los botines.
- El club acumuló en su momento una deuda de 39 millones de dólares tras tres proyectos de estadio fallidos, antes de convertirse en lo que es hoy.
Ese último dato es el que más me gusta de toda la historia. No fue un camino lineal ni un éxito instantáneo. Hubo años de deuda y de proyectos frustrados antes de que la apuesta empezara a rendir.
Lo que probablemente venga después
Con el Mundial 2026 llegando a Estados Unidos y Miami como una de las sedes, todo indica que este ecosistema de negocios alrededor de Inter Miami va a seguir creciendo antes de que termine el año. Cada partido, cada foto y cada mención del club durante el torneo funciona como exposición gratuita para todo el ecosistema de marcas que Beckham armó alrededor.
Es un recordatorio simple pero potente: cuando la marca personal está bien construida de antemano, cualquier evento grande que ocurra alrededor termina empujando también al negocio, no solo a la carrera deportiva.




